Cuadernos del Tábano Nº 14

| |


t c u a d e r n o s d e l Revista trimestral de literatura AñoIV - 2007 Nº1 3a 4 “Apuntes sobre arte y religión”, Esteban Janiot ` Poemas de Mónika González “Sociedad tecnológica y libertad”, Jordi Quiñonero Entrevista a Witold Gombrowicz “El patio: Cadicamo” Ediciones del Tábano c/Pozo 94 (bajo), Alicante c.p.03004 www.eltabano.org INDICE Editorial _________________________________________________ pág. 1 Poesía _________________________________________ _________ págs. 2-8 Ensayo __________________________________________________ págs. 9-15 Nombres propios _________________________________________ págs. 16 El patio _________________________________________________ págs. 17-20 _ Reseñas _________________________________________________ págs. 21 El Sótano: Witold Gombrowicz _______________________________ págs. 29-35 La tirada inicial de este número es limitada: guarde celosamente su ejemplar, en el futuro será pieza de coleccionista. Redacción: Nelo Curti, Juanma Agulles, Paco Alonso, Pedro Coiro, David Barber, Tony Bruno y Alfonso Rodríguez. Ilustración portada: Lalo Capelleti Ilustraciones interior: Germán Yujnovsky, Leo Sarralde (SAR), Lalo Capelleti Diseño web: Boris Garcés Las posibles colaboraciones deberán ser enviadas a editabano@hotmail.com, en formato word o a la dirección postal C/ del Pozo, 94 (bajo). 03004 Alicante Maquetación y diseño: Maricarmen Grau y Nadia Yujnovsky Colabora en este número: Mónika Gónzalez Ortega Esteban Janiot Jordi Quiñonero Oltra Edita:A.J. «El tábano» Depósito Legal: A-571-2004 ISSN: 1698-4706 Imprime: CEE Limencop S.L. Cuadernos del Tábano es una revista independiente. Y, ¿ qué quiere decir eso exactamente?, se preguntará alguien. Pues quiere decir que no respondemos a ningún interés comercial o editorial y que cualquier colaboración en este sentido (venga desde el ámbito público o privado), será exclusivamente como aportación desinteresada al desarrollo de nuestro proyecto. Y punto. Editorial Si fuésemos intelectuales, interesados únicamente en cuestiones de letras, enterrados en terminologías arcaicas, aburriríamos esta página inicial con frases miopes, obligando a nuestros pocos lectores a descifrarnos. Pero la realidad marca que nos acostamos tarde y al día siguiente estamos mareados, con los ojos ardiendo, dolor de estómago, algo de tos, y la cabeza en cualquier parte: así no hay quien se ponga frente a un libro. A pesar de todo llegamos al número catorce e invitamos a Nicanor Parra, Gombrowicz, y Pío Baroja, viejos compañeros que no dudaron en sumarse a nuestro viaje; desde Latinoamérica vinieron otros poemas, y los que vivimos en esta ciudad que el verano infecta de turistas, cámaras fotográficas, y camisas floreadas, aportamos lo que nos permitió escribir la noche. Quizás, dentro de tres meses, cuando toque imprimir el siguiente Tábano, ya sea primavera. Es un asunto personal con el calendario: ofendido porque nunca lo miramos acelera el transcurso de los meses y nos condena a inviernos calurosos, en que con bufanda y abrigo nos zambullimos en el mar para fumar un cigarrillo y escribir con la brasa disparates en el agua. “¡Miren! Ahí viene un soñador. Y ahora vengan y matémoslo y arrojémoslo en una de las cisternas; y tenemos que decir que una bestia salvaje lo devoró. Entonces veremos en qué vendrán a parar sus sueños” Génesis, versículos 19 y 20 página 2 poesía Disturbio, por Nelo Curti 1 Estoy queriendo tocar algo, gritar, llover contra una puerta, decir no sé, me voy, y abrirme la cabeza. Ya no hables, por favor no digas más, lo único que intento es caerme de la cama, tropezar con un hormiga, cortar las cuerdas para que se vaya el cielo a la deriva. Así que no me esperes tras el rostro que pintaste, no vivo allí, y estoy abandonando esa forma de dormir. Lo único que busco es pasearme por el techo, colgarme de las suelas, mirarle al santo sus vergüenzas. Ya me escurro, me divago, grito abracadabra y la pared se vuelve un arenal donde de golpe cae un aguacero que inunda la distancia, y antes de que me descubra el primer pez desaparezco para que no le diga a nadie que el hombre está solo, que no puede perdurar. 2 Un pez enloquecido salta por mis manos, a veces chispa, a veces hielo, y nadie lo ve. Hago un ademán absurdo, grito, aplaudo en mitad de un cementerio y los que pasan no saben disimular las ganas de arrojarme un florero o una cruz. No es posible un argumento, y suenan tristes las palabras cuando intentan remendar la calma. Pinto en el aire un agujero y me paro a ver cómo la muchedumbre lo desvirga, hasta que de pronto alguien me llama y dice que un hombre quieto infarta la ciudad. página 3 poesía 3 Que rompa de una vez la lluvia y caigan esas nubes cobardes cuervos que no se atreven a arreciar contra nosotros pobres criaturas que queremos suplicamos subir en el estómago de un pájaro y perdernos en el viento. página 4 poesía 4 Los zapatos duermen como mascotas fieles a un lado del hombre. Cuando amanezca irán con él hacia el rito consabido. El hombre a veces cierra los ojos en mitad de una vereda y espera que ellos se equivoquen y lo pierdan. Por lo general, cuando vuelve a mirar, está llegando a su escritorio. Demasiado fieles, los zapatos. 5 Un fogonazo, cualquier cosa, algo, una idea -una idea noalgo caliente en la cabeza mutilando los martillos enanos de la lógica, un disturbio, una amenaza, cualquier desequilibrio que ponga mi cansancio en pie de guerra, un agujero por donde perder de vez en cuando un paraíso, un ojo en la nuca para que sea imposible la traición. 6 Desperté en la noche y no pude conocerme. Las sillas vacilaban, un lápiz moría de silencio. Como cuando la suma de los pasos te devuelve al mismo lecho, como una hormiga en las mandíbulas del tiempo, como la tierra mañana -después del hombredesperté y no supe si había alguien dentro de aquel miedo. página 5 poesía Poemas de Mónika González Tríptico del limitado paisaje I Pétalos y tallos, sensible arquitectura. Charcos, criptas líquidas donde yace el ocaso, después del último ladrido de la tarde. Lejano, una maceta en la ventana detiene mis verdehorizontes por indocumentados. Dónde podrá dormir la primavera, si a esta casa-noche no le caben inquilinos. III Cómo hablar del aguacero en tu ausencia; si un delantal estampado con reproches castiga, echándose las puertas al bolsillo, seca las gotas de agua que me reservó el alero y aristocráticas rejas te niegan los pasos. II Tarde juanramoniana Cuando las manos de mi madre entierran en el vaso los delirios de la orquídea traes tierra olor a grito aprendido de memoria. Por qué no poner flores a los vivos si esta luz pertenece a quien palpita a quien resume la ausencia de los trenes a quien por dentro lleva un aguacero a quien… Soy aquel muro de piedras en la mirada del niño única vena restaurada que se queda con el trueno de la hierba. Dedico un verso al ciruelo conforme acompañando a camino a las cosas que a esta hora inauguran en los huesos sus máscaras de angustias. Fragilidad Delito ignorar los relojes que su piel madura coleccionando jardines. Frente al espejo cualquier vestido es un ridículo esmero de impaciencia. Cada lunar un archivo de orgías inaplazables donde se guardan ilícitos sueños. Tiene antídotos para el recuerdo la expresión de sus muslos. Con los poros alerta detiene el impulso del cielo en las bocas del naufragio. Inventa la primavera de horizontes sin remos. A ella puedes volver ebrio de sol cuando la ciudad te venza. página 6 poesía Poemas de Paco Alonso Las moscas Una vez más las moscas, las arañas, los tábanos oníricos, misteriosos, arcanos, esótericos, o la libélula. Una vez más la oruga, la tarántula, el escorpión que sube hasta la vértebra y se pone en la boca de un cadáver desnudo. Una tarde, una noche o algún día de calor o modorra la cigarra en el aire con su ritmo de lija o de hoja seca. Una vez más el lánguido mosquito, la cucaracha de las piedras verdes, la salamandra que salió del pozo, el sapo en la oquedad de agua podrida, las ínfimas criaturas microscópicas… Y lo que está más lejos: el espacio de cavernas o largos laberintos, los abismos terribles de la tierra, las entrañas del mar inexorable, lo que sigue latiendo, y gritando, clamando en las entrañas la vida orgánica o vegetal, la oscura existencia abisal, o lo invisible o lo que no se sabe o aún se ignora. Todo en mí se congrega : la amargura, el peso de mi historia y de mis vicios, la memoria que guardo como hombre. Siempre, en torno de mí, las mismas moscas. Deseos Si yo estuviera ahora con lo que es noche, con el mar sombrío y la luna desnuda, con el temblor de las hojas amarillas, con la respiración de la yerba. Si yo viviera con la memoria de la tierra, sobre todo si yo muriera con la tierra, si tuviera manos que tocaran el germen duro, la semilla antigua, la biología de la piel, la grieta que se abre, la respuesta del estiércol, la sombra que hace al caminar el hombre. Si yo estuviera ahora en el muro, si tuviera fiebres, sensaciones, miedos, si caminara por la noche de los locos, si vagara por la noche de los suicidas, si oyera el grito de los desesperados, si la luna estuviese desnuda, si fuera mía la memoria de la tierra. página 7 poesía Poemas de Alfonso Rodríguez Sonríe alucinada Solamente, como la una -rostro de milesme quedo despierto mirando cara a la blancura este trozo de más muerte que se empeña en criticarme y no encuentra otro motivo que la palabra que nunca se dijo. Pero es que nunca se pudo decir y además ya estaba dicha con otras palabras. Acompañado, como luna que sonríe alucinada -cara conmigome voy dormido caminando codo con codo, mano a mano, brazo en brazo. Este trozo por fin de más vida que se empeña en dejar transcurrir el tiempo mientras somos y aparentamos ser felices… y no hallo más razón para decir que una respuesta a destiempo. Luna No despertará todavía, ella es preciosa. Dejará que el sueño la acoja. Sus senos, viéndola cómoda, vendrán a ti importantes como el mañana. En el lecho del mar, balsa salina, a media luz será transportada a la Villa de la Mara, será testigo: la paz inmensa de un desierto poblado de caricias. Te contará cómo es su mundo de deseos donde no alcanzan fantasmas, cómo la noche mece la oscuridad y ella, que se desliza entre tu cuerpo y las sábanas quiméricas, es suave como la brisa, al igual que su luz ante la ventana. Te colarás por sus surcos sólo para conocer. Acaso comprenderás que siempre hay una distancia. Te colarás por sus surcos sólo para conocer. Acaso aprenderás que siempre hay una distancia, aunque lo niegue la física y lo afirmen, de tanto, sus ojos. página 8 ensayo trayecto como continuo, senda o camino expuesto a la variabilidad. Así la aceleración a través del ingenio destruye la hipótesis de lo inmediato para pasar a mostrarnos que la velocidad es una mediación, y que, conforme crece, requiere de más intermediaciones que tienden a aumentar la incertidumbre pero dejan cerrada la variabilidad. La experiencia vital del viaje entra en un túnel muerto, en un tránsito por un no-lugar que nos deposita en un nuevo escenario sin que se haya producido ningún cambio fundamental en el trayecto. Incluso un sueño profundo durante un viaje en avión elimina de un plumazo el único aspecto de lo exterior que aún quedaba dentro del habitáculo desligado del espacio: los demás viajeros. Si no es posible el sueño, una pantalla en el interior se encargará de mantener la vista al frente y, al mismo tiempo, recomponer la narratividad a través de alguna ficción que hará las veces de sustituto de lo vivido. Piénsese en el absurdo de un viaje en avión en el que la pantalla nos ofrece la historia de un viaje. Algo que ocurre siempre, bien pensado, toda vez que el artefacto narrativo es siempre un artificio sobre el tiempo —“convierte la muerte en destino”, decía Malraux— hable o no hable de un viaje de forma explícita. Así se trata de recomponer la mirada de un viajero que ha sido abruptamente segmentada por la velocidad, de tal modo que en la aceleración extrema el pasajero tiene la sensación de no moverse en absoluto. Haciendo un giro de tuerca más, en la relación de la imagen y la velocidad, por lo que respecta al viajero, se advierte cómo al haberse roto por completo la narratividad del trayecto (“me metí en el avión, me dormí y al despertar estaba en Moscú”), la captura de imágenes del nuevo lugar se convierte en algo imprescindible, casi una obsesión. Las fotografías para mostrar a la vuelta son las evidencias de que se ha estado en otro lugar. Se trata de confirmar con pruebas gráficas lo que el viajero no se puede explicar a sí mismo, ya que ha sido “objeto” del viaje. Al ponerse tras el objetivo de su cámara se reclama como partícipe en su condición de cazador de instantáneas. No se da cuenta, sin embargo que, cuando aparece sonriente junto al monumento inevitable y comenta “ese soy yo”, se petrifica solemnemente, cerrando el círculo perfecto de la alienación en lo veloz. por Juanma Agulles 1 Cada época ha pensado de la anterior que las cosas iban más lentas y que la velocidad en que se encuentra inmersa en el presente no es nada comparada con la aceleración de los ritmos en un futuro cada vez más cercano. La mitología de lo veloz —de lo más veloz— facilita una visión lineal del paso del tiempo, una unidireccionalidad de la experiencia vivida que, además, pretende impedir el conocimiento del presente, envuelto como está en una vertiginosa carrera entre lo que fue y lo que será. La velocidad genera incertidumbre sobre el trayecto y, cuanta más aceleración, más impredecibilidad, más cercana la posibilidad de la catástrofe. Se confunde lo veloz con lo inmediato. Cuando, en realidad, es totalmente dependiente del medio, del ingenio donde el cuerpo humano se injerta para desarrollar una aceleración. Requiere del sujeto su coseidad, que el cuerpo se entregue a la máquina como materia prima y pasivamente acepte la velocidad que la máquina, en su inercia, desarrolla sobre él. Cuanto más sofisticado se vuelve el medio, menos energía sanguínea es necesaria para generar la inercia; pero, al mismo tiempo, la máquina se vuelve más independiente y ajena al cuerpo. Mucho más cuando el ingenio del transporte se convierte en colectivo y la participación del sujeto en el desarrollo de la velocidad se vuelve superflua. Se convierte así en pasajero. Una historia de la aceleración daría como resultado esa cosificación creciente del cuerpo y la mayor dependencia de la ortopedia en la movilidad. Al mismo tiempo, el acercamiento supuesto de los lugares por la compresión del tiempo en el desplazamiento elimina el Lo veloz página 9 ensayo 2 La historia de la acumulación de bienes en el capitalismo moderno es, de algún modo, la historia de la aceleración de los flujos, de la multiplicación de los desplazamientos de mercancías, cuerpos y residuos derivados de la producción ingente. Es, en el límite, la alocada carrera en pos de la consecución de un ideal: la supresión del espacio como resistencia a la dinámica de acumulación, como lo que permanece, lo que está ligado a la tierra. A la lectura positiva y revolucionaria contra un régimen de tenencia hereditaria al que se quiere disolver en la acción productiva, se debe adosar ese otro par que a menudo la visión “progresista” del mundo olvida: la inmovilización de lo acumulado en el proceso de producción. Es decir, que la aceleración de una parte de la sociedad para la mayor acumulación de beneficio, tiene como condición necesaria la inmovilización de otra parte. Mientras el capital acelera sus flujos, se inmoviliza el trabajo, se confina en fábricas, en barrios, en naciones bien delimitadas, en los cada vez más estrechos márgenes de la legalidad que santifica al propietario de bienes y criminaliza —privándolo de libertad, encerrándolo si es necesario— a quien tiene su cuerpo como única mercancía que ofrecer en esa encrucijada de flujos que se llama mercado. La acumulación se basa en esta dialéctica de múltiples reflejos fractales entre la movilidad y el confinamiento, entre lo veloz y lo estático. Se entiende así la aparente contradicción de una aceleración que refuerza la inmovilidad, la multiplicación de supuestos vertiginosos cambios que sostienen las condiciones necesarias para que todo permanezca inamovible bajo el mismo régimen de explotación. La automovilización masiva del capitalismo moderno se emparejaba con la democratización en el consumo, con la participación del pedazo de pastel en el beneficio de algunos sectores de la fuerza de trabajo. Al mismo tiempo, se suponía, incrementaba la movilidad e individualizaba su uso a través de los vehículos privados. El automóvil fue la gran promesa del capitalismo de la posguerra, y por ello es uno de los mejores reflejos del absurdo que el mito de lo veloz nos ofrece. La mayor velocidad posible de los desplazamientos automovilizados se da de bruces con la realidad de los atascos y la multiplicación del tiempo y energía empleados en cada desplazamiento. El automóvil sigue una lógica suicida. Para que se haga efectiva su potencial velocidad es necesario destruir el espacio intermedio que separa un lugar de otro, por medio de la construcción de autopistas y autovías que homogenizan el tránsito y parten en dos el paisaje; se extiende el tapiz de alquitrán sobre la piel del mundo, multiplicando la superficie construída de esa especie de antilugares excluyentes de la vida. Se especializa al límite la vía para desarrollar mejor la velocidad, mientras los puntos de partida y de llegada se congestionan en sus entradas y salidas, haciendo inútil el ahorro de tiempo en el tránsito por su dilatación en el nodo: lo que se adelanta de un lado se elimina de otro. Tal es el límite del absurdo que lleva a la consecución de un viaje veloz de un lugar intransitable a otro invadido por el mismo artefacto que permite llegar a él. Es curioso cómo la ingente producción publicitaria para televisión se refiere mayoritariamente a los automóviles, y cómo el símbolo de la libertad y la independencia se muestra a menudo transitando velozmente por carreteras desiertas en parajes áridos u hostiles, cuando no en la noche deshabitada de una ciudad futurista —es decir, muerta— contraviniendo cualquier imagen que tenga que ver con la realidad de un embotellamiento en hora punta. 3 Esta lógica absurda —que no incoherente— es central para la acumulación. La sensación de estar siempre en movimiento está al servicio de las permanencias en lo mismo. Estar preparado para continuos cambios de trabajo —por ejemplo—, pero bajo el mismo régimen de esclavismo asalariado. Los discursos de los medios productores de ideología están penetrados de esta ansiedad por lo veloz. El texto se fragmenta, la imagen impactante se superpone a cualquier hilo argumental, con planos de menos de dos segundos se pretende “reproducir” el mensaje que una realidad fragmentada nos envía, evitando así aclarar cuales son las persistencias y cuales página 10 ensayo las resistencias ante la dinámica de la acumulación. La producción de una sensación de velocidad máxima trae aparejada la ingravidez. Ese estado de inmovilidad expectante causado por la aceleración, es claramente funcional a las permanencias que se deben conservar para que una parte siga produciendo e inmovilizando sus beneficios. De modo que lo veloz trae aparejado su contrario y engendra las condiciones para un colapso de la movilidad. La comida rápida es rápida a condición de dejar de ser algo parecido a un alimento. Mientras la cercanía no sustituya a la velocidad será difícil incluso saber dónde está uno situado. Y, así, tomar una postura se volverá cada vez más difícil. Podemos aparecer como por arte de magia un sábado por la mañana en París, y el lunes regresar a casa sin tener las más remota idea de qué hemos visto u oído; la impresión será superficial, instantánea y sin relieve, como las del papel fotográfico. Así seremos una experiencia sin fondo, muy parecidos a los replicantes de Blade Runner, que portaban su pasado en una caja de zapatos llena de fotografías. Esta antología reúne muchos de los poemas que Paco Alonso ha ido escribiendo a lo largo de más de 35 años. La soledad y la esperanza mezcladas en las noches de una ciudad que parece desconocerlo, perdido por las calles, preguntándole a los muros por la infancia y el deseo, con la dolorosa libertad de quien se sabe abandonado por los dioses. Las fotografías de Pablo Valero acompañan el viaje del lector por estas páginas que serruchan desde el comienzo cualquier postura indiferente Palabra de barro (Antología poética), Paco Alonso Ediciones del Tábano Próximas publicaciones Al leer el título cualquiera se preguntará ¿qué es el fabulismo?, ¿una corriente artística?, ¿otro manifiesto?, ¿un partido político?, y aumentará su desconcierto si continúa interrogándose en ese sentido, ya que no se trata de un esquema a puertas cerradas, sino de un compromiso con el juego, la incertidumbre y el absurdo. Ilustrado por Leo Sarralde, “Introducción al fabulismo” reúne relatos y poemas de Nelo Curti que caminan entre el desconcierto y la ironía sin una meta definida, desertores de la Verdad, abdicando de los maestros sagrados sin dar tiempo a que cante ningún gallo. Introducción al fabulismo, Nelo Curti Desafección, Juanma Agulles Tras la infancia espera el mundo. La puerta que vedaba la distancia un buen día se abre y nos deja solos ante la posibilidad de huir abandonando lo que aparentaba protegernos. “Desafección” es la crónica del camino que recorren quienes deciden aprovechar la oportunidad que les brinda dicha puerta. En su tercer libro, Juanma Agulles baraja la narrativa y el ensayo para que el lector libre una partida consigo mismo y ponga en duda la porción de realidad que le concierne, esa que da cuerda al reloj mientras decimos “buen día, soy Fulano”, como nombrando a un ausente. página 11 ensayo como dijo Sartre— una chispa entre dos nadas. En el hombre suponer otra vida después de la muerte fue una aspiración permanente y más aún una necesidad instalada en el corazón. Y, aunque nunca se pudo dar una prueba concreta de esa posibilidad, ello arraigó por medio del fervor místico y la fe, alimentando la imaginación. El hombre necesitó dioses que le garantizaran su vida supraterrenal y los creó con su imaginación y les atribuyó sus propios caracteres. Dioses crueles, guerreros como los asirios, con deslices humanos como los griegos, sensuales como los del budismo, duros y selectivos como el Yahvé judaico o el Alá islámico; firme y misericordiosos como el Jesucristo de los católicos. Imaginó sus moradas, olimpos, paraísos, infiernos. Entones estableció como un principio necesario que, en la eternidad de la morada divina, podía encontrarse la prolongación infinita de la vida terrena. Es decir que la fe sublimó la existencia hacia una eternidad que aparece —paradójicamente— incierta. En la humanidad temprana ya se nos muestra la relación de la religión con el arte. Ocurría que con los desvaríos imaginarios en los hombres primitivos ante el rayo, el trueno, el sol, la luna, el nacimiento y sobre todo la muerte, se producían las primeras obras más que como respeto a los muertos, como una ofrenda a la inmortalidad. Cuando no se hacían para los vivos más que chozas de tierra y cañas, que la intemperie destruyó, se construían para los muertos túmulos de piedra que aún perduran. “Este culto, que más que a la muerte fue a la inmortalidad, inicia y conserva las religiones actuales”, escribió Unamuno. Así como las premisas de la fe no tienen sustento racional ni soporte empírico, tampoco las “verdades” del arte se sostienen en realidades lógicas sino intuitivas. La fe en el arte se llama emoción estética y es una fuerza que induce al sentimiento del artista a buscar ese lenguaje que modelará la originalidad, lo singular, lo irrepetible de su mensaje. Ese mensaje que no es otra cosa que su propia obra y que en ella leva profunda y oscura —en la angustia ejecutora— esa ansia de inmortalidad que el mismo artista, muchas veces, ignora desde la superficie de su razón. Cuando el arte utiliza conceptos es sólo como herramientas de la expresión, como medios, nunca como fines. El mensaje político que no llega a expresión estética queda en el panfleto. La imagen erótica que no alcanza la forma de sensualidad estética, está en riesgo de ser pornográfica, algo prostituido, como entregar un cuerpo pero sin espíritu. Sin sentimiento no hay arte, cualquiera sea el tema que se trate. Pero cuando se dan el sentimiento y el genio, ¡vaya si hay arte! Algunos ejemplos: de la crítica social Sin pan y sin trabajo (Ernesto De la Cárcova), de la lucha de clases Chacareros (A. Berni), de la imagen erótica La Venus criolla (E. Centurión), de la fascinación de un Apuntes sobre Arte y Religión por Esteban Janiot Tremenda pasión esa de que nuestra memoria sobreviva por encima del olvido de los demás. Unamuno En la vida del hombre el arte comparte con la religión el ámbito de lo sobrenatural, lo irreal, en suma, lo imaginario, ya que —según se mire— arte y religión, aunque transitando por caminos diferentes, tienen una meta común: trascender la finitud. El arte puede, con la religión, compartir el corazón del hombre. No así el cerebro. Nada racional puede fundamentar una religión, por más filósofos y doctores eclesiales que desde el fondo de los siglos lo invoquen. Tampoco el arte tiene un cauce racional —aunque beba de su agua— sino fundamentalmente emocional. Decía Unamuno: “Preguntad a cualquier artista sincero qué prefiere: que se hunda su obra y sobreviva su memoria o que hundida ésta persista aquella y, si es de veras sincero, veréis lo que dice. Obrar por la obra misma es juego y no trabajo.” A lo largo de toda su historia la humanidad se esforzó siempre por investigar y conocer. Pero además —¡vaya pretensión!— conocer: cómo se conoce. Osea: cómo es el mecanismo del conocimiento, cuales son las causas primeras y los fines últimos de su existencia. Sobre todo la angustiaron los fines últimos. En resumen, su inquietud la empujó a tratar de develar el sentido de la vida, aunque esa búsqueda fuera aguijoneada —paradójicamente— por el miedo que le producía el misterio de la muerte. Ése es el límite que la ciencia y el conocimiento no pudieron trasponer nunca y por lo cual el hombre se sintió perpetuamente desamparado en la infinita planicie de su angustia existencial. Porque desde siempre el hombre no quiso, no quiere y no querrá morir. Porque el ser es ser para siempre o será — página 12 ensayo paisaje Fin del invierno (F. Fader), de la melancólica paz interior Desde mi estudio (F. Lacamera), y podríamos seguir. ¿Qué son antiguos? No, son inmortales. No es con tiburones sumergidos en formol que se establece una emoción estética, estaríamos más cerca de una curiosidad de las ciencias naturales. Tampoco serviría aplicar un espejo de veinte toneladas y diez metros de diámetros al pie del Rockefeller Center, o presentar cuatro docenas de camas en un museo o saltar en una cama elástica para evocar la ascensión de la Virgen María a los cielos. Sólo reconozco esto extravagancias propias de una sociedad burguesa, aburrida, mercantil y decadente en su próspero y corrompido mundillo, limitado a la finitud de su mediocridad a la moda. Asimismo, los pretendidos interlocutores de Dios en la tierra, también generan novedosas idolatrías para movilizar fieles: plegarias que prometen mejorar situaciones personales, manos sanadoras que ejercen sugestiones sin fundamentos, imágenes que desatan los nudos de nuestra aflicción, etc. Pero la religiosidad cercana al arte es aquella que se cultiva en lo más recóndito del corazón y llega a tener con su Dios una relación coloquial y no multitudinaria. No hay catecismo ni funcionarios —por más solemnes o fastuosos que estén ataviados— que puedan garantizar la fe. Sólo la angustia de querer vivir para siempre arraiga la fe en el alma. No es por razón sino por emoción. Es como el sentimiento del artista que instala en su obra un lenguaje de formas y colores, como un poema o una música que llega y queda enredado en los entresijos del corazón. Luego, vendrán o no las exégesis y las explicaciones técnicas como un manual de modo de empleo que me recuerdan a ciertos estudios anatómicos que para ver cómo funciona un órgano tienen que matar al organismo. La obra de arte genuina queda instalada en la historia humana por derecho propio, como un testimonio de sus amores y sus odios, sus miedos y sus esperanzas de trascendencia, convertidas en imágenes. Como una respuesta sensible, una verdad intuitiva a la gran pregunta de esa misma historia, de esa misma vida. El arte —como la religión— sublima la vida (por supuesto que la práctica eclesial organizada y ceremoniosa que se instituyó como una profesión con jerarquías y un poder global, es otra historia), como asimismo es otra historia el pseudoarte promocionado globalmente por los gurúes de los vernisages con champaña y fotos de revistas burguesas. El arte auténtico que busca su pasaporte para la historia se genera en la soledad del sentimiento y, aunque salga luego para deslumbrar, es en un oscuro rincón, en las tripas del alma, donde tiene su placenta. De allí, no del mercado, nacerá la obra que anunciará a otro apóstol de la fe estética para trascender —por medio del arte— a su finitud humana. página 13 ensayo ramente asociada al dominio tecnológico. Pero en este dominio tecnológico encontramos una nueva característica, como mínimo, preocupante, a saber: al mismo tiempo que se apoya en la ignorancia la incrementa e incluso la hace necesaria ya que esta ignorancia garantiza sumisión, pues en este sistema no es bueno que se conozcan en general todos los riesgos a los que estamos sometidos. Es otro error que se comete habitualmente al abordar el tema de la dominación tecnológica, el plantear cuestiones ecológicas como cuestiones apartadas del cuerpo de la crítica social y darles un contenido solo técnico. Y es un error porque no es realista creer que se puede criticar el aspecto medioambiental de la sociedad tecnológica sin cuestionarse al mismo tiempo la sociedad capitalista en cuyo seno se da esa sociedad industrial/tecnológica. Inseparables son la una de la otra. Y por plantear también un punto flaco de la crítica antiindustrial, ésta tampoco debe obviar que la sociedad industrial–tecnológica es también capitalista, de consumo, espectacular... Que el bando desde el que hablo es el de quienes no creen que la tecnología sea en ningún punto emancipadora debe haber quedado claro a estas alturas, pero también quiero diferenciar dentro de este bando. Hay quienes creyendo que la tecnología no es liberadora en las actuales circunstancias, tienen fe en que, cambiando su gestión de manos y siendo socializada la tecnología, esta será de repente liberadora. Esta falacia de la neutralidad de la tecnología abunda en muchas teorías y en muchos ambientes del ghetto de la crítica no se sabe si por miedo a una sociedad excesivamente diferente a la conocida o por la creencia a pies juntillas en teorías desfasadas, pero no por ello es cierta. Una tecnología socializada seguirá consumiendo recursos naturales, generando impactos en el ambiente y la salud, generando especialización y división del trabajo, creando falsas necesidades... Además, en la criba de lo bueno y malo de la tecnología, ¿quién decidirá qué es qué?, ¿dónde se pondrá el límite? Enfrentar esa falacia a la realidad es lo que hace que caiga por sí misma. Esa realidad es la que nos dice que una sociedad en la que delegamos totalmente en todas y cada una de las cuestiones importantes (algunas, como la energía nuclear, vitales pues nos va la vida en ello) relacionadas con la tecnología, y una sociedad en la que vivimos en un umbral elevadísimo de inseguridad a causa de la tecnología (transgénicos, residuos nucleares, radiaciones, cánceres, coches...), no puede, en absoluto, ser libre. Si a todo eso unimos los efectos sociales como son: la división social en cuanto a conocimientos, es decir la verticalidad, las relaciones sociales basadas en el inme- Sociedad tecnológica y libertad por Jordi Quiñonero Oltra Que vivimos en un mundo ultra-tecnológico es algo que hasta los análisis más ligeros no pueden sino admitir, la diferencia estará en que esto se vea como positivo y liberador o todo lo contrario. La espiral tecnológica en la que se encuentra sumergida la sociedad ha sustituido a la fe religiosa, es decir, la tecnología es la nueva fe; y como la anterior, solo puede pervivir en una eterna huida hacia delante en la que la tecnología se justifica por si misma. Ejemplos de esto no faltan, pues la fe en la terapia génica es como poco parecida a la creencia en los milagros, y la fe en que un nuevo avance tecnológico solucionará los problemas provocados por la misma tecnología es como la fe en la omnipotencia divina. Toda esta fe se sustenta socialmente en los beneficios que se supone que esta sociedad tecnologizada nos aporta en cuanto a calidad de vida. Como decía antes, esto sólo pueden mantenerlo los análisis más ligeros de la sociedad que obvian la generación artificial de necesidades, todas ellas ligadas al acondicionamiento tecnológico de la existencia (coche, CD, DVD, redes informáticas,...). Usando un viejo concepto del marxismo podemos decir que el mínimo de subsistencia no ha crecido (lo que hubiera hecho que dejara de ser mínimo) en calidad, solo se ha tecnologizado. Pero, ¿qué otras cosas olvidan estos pretendidos análisis del beneficio tecnológico? Obviamente olvidan los riesgos asociados a este desarrollo, y sobre todo olvidan que estos riesgos, lejos de ser asumidos por la gente han sido impuestos aprovechando la ignorancia y los progresos de la alienación (también llamados publicidad, estudios científico-mediáticos...), por tanto ya tenemos por aquí una reducción de la libertad cla- página 14 ensayo diatismo, el abandono de conocimientos que faciliten la autonomía frente a la dependencia que genera la tecnología..., no encontramos un escenario muy halagüeño para la emancipación. Que no es momento para que, desde la crítica, se planteen alternativas, es algo que sólo los muy ideologizados son incapaces de ver. Que son malos tiempos para la revuelta, pues lo mismo. Un análisis crítico y realista puede que no guste a muchos, pero es tal vez por eso muy necesario. Ninguna crítica seria de la sociedad industrial/tecnológica/capitalista/espectacular/mercantil, etc., etc., puede plantear un programa completo, perfecto, para acabar con la dominación tecnológica (basado en el rescate de ideologías del pasado, o en una huida al campo totalmente irreal, o la confianza en la cogestión del desastre), que si bien es un fin deseable, no es posible en este momento ya que muchos de los impactos que ha generado esta sociedad han sobrepasado con creces el punto de no retorno y es este un nuevo límite a la libertad, por poner unos pocos ejemplos, los transgénicos, la energía nuclear, autovías y trenes de alta velocidad, pantanos, salinización de tierras, deforestación, las megaciudades.... Ningún botón mágico desconecta todo esto y lo devuelve todo al momento anterior a la bomba atómica; la destecnologización total de la sociedad no es posible y poner ese mínimo en cualquier programa de acción es, como poco, desmovilizante, ya que el constante tropiezo con una realidad tozuda acaba por hacer que nos quedemos en casa cabreados por lo mal que está todo, o esperando un revolución que siempre estará por llegar. Por tanto desde este texto se pretende que como mínimo empecemos a desmontar la aceptación irreflexiva del complejo industrial en nuestras vidas, que no se acepte, como si tal cosa, la necesidad fascista de cierto tipo de gadgets tecnológicos sin los cuales no podemos ser ciudadanos. A partir de aquí, que cada cual saque sus propias conclusiones y encuentre sus vías de acción y reflexión. página 15 nombres propios Pintores inéditos: Giorgio "il Barbone" Tagliatella Giorgio hacia la cuarentena El episodio que impulsaría definitivamente a Tagliatella fuera del poco prestigioso bando que forman los héroes, tuvo lugar allá por el quince al diecinueve de octubre de 1995. Aún el eco de sus famosas palabras apaga velas en la plaza Alcibíades, como ocurrió la noche en que la contienda encontró su fin: "Basta tan sólo uno como yo, enfrentado a un pelotón, para obtener una saludable decoración rojiza en alguna pared que se ubicare detrás". Tal era su entrega al efecto patético. Manuel Conato regentaba la plaza Alcibíades en esa época, conocida por las banderitas azules -tejidas por el propio Conato- que se alzan en distintos puntos del parque, a cuenta de celebrar acontecimientos que así lo merecen. Rondando el año 1972, Manuel tuvo la ambición de hacerse construir seis figuras ecuestres que lo representaran acompañado de su equino en diferentes etapas de la vida de ambos. Envió comunicados a todos los pueblos cercanos ofreciendo una importante suma de dinero al escultor que emprendiera la tarea. Al enterarse Giorgio del pedido, tuvo una primera reacción que pocas esperanzas de conciliación ofrecía: "Ni que me lo pidiera, la escultura carece de luz propia y por tanto no es digna de representar vida. Yo sólo haría las figuras muertas". La escasez de artistas en la zona, unido a la precariedad económica en que nuestro Giorgio se encontraba, facilitaron un encuentro entre este y Manuel. Tras doce días de discusión intensa, acordaron que Tagliatella se encargaría de las esculturas sólo si estas representaban acciones que carecieran de movimiento; como se ha señalado, eran en realidad las únicas que, no sólo el caballo, sino también Conato, eran capaces de realizar. Giorgio dispuso de todo el material y tiempo necesarios; para las doce figuras que totalizaban la serie se fundieron 20.000 kilos de bronce. Giorgio procedió de la siguiente manera: previendo que la mayor dificultad se encontraría en la figura humana, moldeó primero los seis manueles, comenzando por los doce años, y los otros cinco que representaban al duque con una diferencia de ocho años entre cada una de las figuras. El error que terminó con la expulsión de Tagliatella de los dominios de Conato, fue la imposiblidad de unir las figuras humanas con los caballos; tan sólo un manuel pudo unirse a un equino, los otros cinco o quedaban muy holgados en la montura o era imposible sentarlos. Giorgio no recibió un centavo por su obra. Esperó indignado hasta 1995 para su venganza, fecha en que logró reunir un grupo de invasores digno, que se ocuparan de recuperar los caballos: había recibido otro pedido de esculturas ecuestres. La descripción de la batalla que se ofrece, la encontramos en el dietario del copista Manuel M. Velloso: Anuladas vueltas y sierra que recuesta un ala con blancura; resignado a la solemnidad y expectante de mitos, me recuesto también y observo: hombres de andar agachado se resisten a la captura y ejecutan obras inquietantes; dorados yacen con sus caballos muertos, arrancaídos, agrietados; siluetas deformadas por la cobardía y banderas azules, vastas, ocupan el terreno del infortunio. Giorgio resultó vencido, incluso desde el primer momento: temeroso de un grupo de adolescentes que disponíanse a recoger los frutos de un manzano se creyó amenazado y huyó, al grito de "si vienen los indios yo escondo la cabeza". página 16 el patio por Tony Bruno La palabra tango suele comúnmente asociarse con música, baile y Río de la Plata, no es tan común que se la asocie con poesía, y menos con literatura, sin embargo, desde el nacimiento del tango Mi noche triste con letra de Pascual Contursi en 1917, comienza un vínculo entre la literatura y esta música ciudadana que continúa hasta nuestros días; cumpliéndose ahora en 2007 noventa años, durante los cuales se ha ido enriqueciendo con el aporte de mujeres y hombres de letras, interpretación y composición musical. En este número inauguramos un espacio al que están invitados, para disfrutar poesías que también son letras de tango, y conocer algunos aspectos de sus creadores. Por una había que empezar, la que elegimos tiene el mérito de ser la protagonista de la anécdota que decidió la aparición de esta columna. Lluvia, noche, Alicante, calle del pozo, tetería del tábano, aire con voces y punteo de guitarra, ronda de mate, Nelo, barra, gente, Mario, humo, Anabel, yo, charla mediante y entonces sucedió... Apareció ella, se nos coló entre las palabras. Con el sentimiento de que abrazábamos algo genuino, bello, fuimos recordando los versos de Nostalgias que ahora compartimos con ustedes. El patio Nostalgias Tango Música: Juan Carlos Cobián Letra: Enrique Cadícamo Quiero emborrachar mi corazón para apagar un loco amor que más que amor es un sufrir... Y aquí vengo para eso, a borrar antiguos besos en los besos de otras bocas... Si su amor fue "flor de un día" ¿porqué causa es siempre mía esa cruel preocupación? Quiero por los dos mi copa alzar para olvidar mi obstinación y más la vuelvo a recordar. Nostalgias de escuchar su risa loca y sentir junto a mi boca como un fuego su respiración. Angustia de sentirme abandonado y pensar que otro a su lado pronto... pronto le hablará de amor... ¡Hermano! yo no quiero rebajarme, ni pedirle, ni llorarle, ni decirle que no puedo más vivir... Desde mi triste soledad veré caer las rosas muertas de mi juventud. Gime, bandoneón, tu tango gris, quizá a ti te hiera igual algún amor sentimental... Llora mi alma de fantoche sola y triste en esta noche, noche negra y sin estrellas... Si las copas traen consuelo aquí estoy con mi desvelo para ahogarlo de una vez... Quiero emborrachar mi corazón para después poder brindar "por los fracasos del amor"... página 17 el patio Su autor, Domingo Enrique Cadícamo, nació el 15 Santos Discépolo, Homero Mansi , Celedonio de julio de 1900 en la estancia Los Maireles, donde su Esteban Flores, Cátulo Castillo, Pascual y José María padre trabajaba como mayordomo, próxima al pueblo Contursi, Alfredo Le Pera y los hermanos Expósito, General Rodríguez en la provincia de Buenos Aires, entre otros . Pero es claramente el que más títulos siendo el décimo y último hijo de Ángel Cadícamo y aportó, sosteniendo una calidad poética que floreó por Hortensia Luzzi, una pareja italiana procedente de San todo el espectro temático de esta música popular. En Demetrio Corone (Cosenza, Italia) que llegó a la sus tangos, milongas, candombes, polkas, corridos y Argentina en 1880. Luego de su nacimiento la familia valses, además de la citada Nostalgias, que es de mis se muda primero a la ciudad de Luján y, en 1910, se preferidas, podemos encontrar genuina poesía, ponetraslada al barrio de Flores en la ciudad de Buenos mos a modo de muestra algunos de los versos que nos Aires, donde el autor termina los estudios primarios y deja en su obra: “alondra gris, tu dolor me conmuede nivel medio. En 1919 trabaja como escribiente en el ve”(Madame Ivonne, 1933), “llueve sobre el puerto, Archivo del Consejo Nacional de Educación; aquí mientras tanto mi canción llueve sobre tu desolación” toma contacto con hombres del ambiente literario “puentes y cordajes donde el viento viene a aullar” entre los que destacan Leopoldo Lugones y Enrique (Niebla del Riachuelo, 1937), “es la tarde cruel y fría Banchs. Un compañero de trabajo, Pablo Suero, draque a mi gris melancolía la convierte en emoción” maturgo y crítico teatral, lo incentiva a seguir escri(Cuando tallan los recuerdos, 1939), “hoy vas a entrar biendo tras leer la letra de Pompas de jabón, el primero en mi pasado” (Los mareados, 1942), “hoy mis sueños de 23 tangos que le interpretará Gardel en 8 años y que se derrumban , sobre la tumba, de esta pasión”(Por las grabará por primera vez en 1925, en Barcelona. Por el calles de la vida, 1942), “corazón vencido con tristeza año 28 renuncia a su trabajo en el Archivo porque de tapera” (Garúa, 1943), “un juego de calles se da en ganaba unas dieciséis veces más con sus derechos de diagonal” (Anclado en París), Cadícamo también tiene autor, con ya más de cinlibros de poesía, el prime«El tango es lo más sencillo, es pulsación, es fuerza, cuenta temas grabados. ro, Canciones grises, fue Para ese entonces alterna es una emoción interna que usted tira en las teclas y saca publicado en 1925, texto su tiempo en ciudades modernista que, aunque efecto. No es alarde, eso es otra cosa” europeas y Buenos Aires, elogiado por Leopoldo para el 37 viaja a Río de Janeiro con Razzano y Charlo, Lugones y Enrique Banchs, no quiso volver a editar. donde realiza presentaciones en las que recita, entre En 1940 publicaría La luna del bajo fondo, en 1945 tango y tango, poemas suyos; al finalizar esta gira se va Viento que lleva y trae, que sí tuvieron varias reedia New York con su amigo Juan Carlos Cobián, donde ciones, cada una de las cuales fue corregida, y en pasan más de un año. A su regreso forma parte del 1977 Los inquilinos de la noche. Ya en 1994 la editorial directorio de SADAIC (sociedad argentina de autores Corregidor publicó el libro Los poemas bajos, que cony compositores) hasta 1945. tiene todos sus poemas, a excepción de su primer libro. También tiene textos relacionados con el tango y Si bien destacados músicos como Juan Carlos su historia: Café de camareras (1969) novela ambienCobián, Ángel D´Agostino, Juan D´Arienzo, tada a principios del siglo XX en el barrio de La boca Francisco y Julio De Caro, Roberto Firpo, Pedro en Buenos Aires, Juan Carlos Cobián: biografía novelaMafia, Mariano Mores, Osvaldo Pugliese, Rodolfo da (1972), Historia del tango en Paris (1975) recopilaSciamarella, y Aníbal Troilo, entre otros, acompañaron ción histórica de una época que el autor vivió, Bajo el las letras de Cadícamo, éste compuso la música para signo del tango (1983) libro autobiográfico, Debut de unas doscientas de sus letras de tango. No cesó nunca Gardel en Paris (1984), un relato novelado sobre de escribir ni de componer música desde mediados de Gardel y su primer recital en París en 1928. la década del 20 hasta su fallecimiento en 1999, un 3 de Para teatro escribió El romance de dos vagos con diciembre. Germán Ziclis, pieza cómica estrenada en 1925; Así La obra de Enrique Cadícamo (que también firmó nos paga la vida con Wally Zenner estrenada en 1926 y con los seudónimos de Yino Luzzi y Rosendo Luna) ese mismo año estrena las revistas Cinco cuentos ilusllama la atención en varios aspectos: la cantidad de trados y Los cuentos del príncipe esta última con Martín letras de canciones que tiene (cerca de 1300); el regisLemos. En 1930 La baba del diablo, con Pedro Pelayo; tro de temas que aborda, que incluye casi todos los presentará en 1932 La epopeya del tango y al año que se pueden encontrar en el tango, y la calidad de siguiente Dinamismo 1933, también con el tango sus versos, por lo que es considerado uno de los poecomo protagonista; en 1936 realiza el primer tributo tas más importantes del tango junto con Enrique del teatro a Carlos Gardel en El cantor de Buenos página 18 el patio Aires; por último, en 1966, se estrena Juanita la popuCorrientes y Talcahuano lleva su nombre, en 1996 es lar, una zarzuela criolla. nombrado Personalidad Emérita de la Cultura En el ámbito del cine escribió guiones, argumenNacional, en 1997 El Partido de General Rodríguez tos y dirigió películas: en 1934 se estrena Galerías de inaugura una Biblioteca con su nombre, la Secretaría esperanzas con un guión suyo, en 1935 Virgencita de de Cultura de la Nación lo nombra Asesor cultural ad Pompeya fue la primera honorem, en 1999 «Yo estaba en París cuando el tango empezó a caminar en el año 28. que dirigió, también en el Fondo Nacional El tango llega a lo que llega porque es una música 1935, pero ya con guión y de las Artes le sencillísima que venía de la ultrapampa, decía en un lenguaje” dirección de Cadícamo, se entrega el Premio rueda y estrena Noches a la Trayectoria. cariocas con un reparto de argentinos y brasileros, en En 2001 en Gral. Rodríguez se inaugura el Museo 1949 se exhibe La historia del tango de la que es coauEnrique Cadícamo. tor del argumento, y en 1952 Nace un campeón, de la Nos despedimos hasta el próximo número dejánque es autor del argumento. doles ya otro texto que este notable autor escribiera en Recibió numerosos reconocimientos, entre los que 1942, para una partitura previa de su amigo Cobián ya destacan el premio Konex de platino al mejor autor de estrenada durante 1922 en la pieza teatral Los dopados tango en 1985, en 1987 es declarado ciudadano ilustre y grabada ese mismo año en versión instrumental por de Buenos Aires, y el Partido de Lujan lo nombra Hijo Aníbal Fresedo; veinte años después, ese disco llega a Dilecto bautizando con su nombre a la recova ubicada Cadícamo de la mano de Aníbal Troilo, quien le pide frente a la Basílica. En 1991 el Partido de Gral. una letra para el tema, desconociendo los dos que ya Rodríguez lo nombra Ciudadano Ilustre, en 1994 recitenía una hecha por los autores de la obra teatral. be la Orden a los Servicios Distinguidos, en el grado Cadícamo escribió Los mareados, y así, con letra y títude Comendador, en 1995 la esquina sudeste de lo nuevos se estreno con gran éxito el mismo año. Los mareados Tango Música: Juan Carlos Cobián Letra: Enrique Cadícamo Rara.. como encendida te hallé bebiendo linda y fatal... Bebías y en el fragor del champán, loca, reías por no llorar... Pena me dio encontrarte pues al mirarte yo vi brillar tus ojos con un eléctrico ardor, tus bellos ojos que tanto adoré... Esta noche, amiga mía, el alcohol nos ha embriagado... ¡Qué importa que se rían y nos llamen los mareados! Cada cual tiene sus penas y nosotros las tenemos... Esta noche beberemos porque ya no volveremos a vernos más... Hoy vas a entrar en mi pasado, en el pasado de mi vida... Tres cosas lleva mi alma herida: amor... pesar... dolor... Hoy vas a entrar en mi pasado y hoy nuevas sendas tomaremos... ¡Qué grande ha sido nuestro amor!... Y, sin embargo, ¡ay!, mirá lo que quedó... página 19 el patio «El tango es una cosa muy humilde, muy sencilla. Lo tocaban tipos que no tenían preparación académica musical como Ángel Villoldo, Eduardo Arolas, Enrique Delfino. Era un sentimiento que valía más que toda la parte ortodoxa que pudiera tener la partitura” Fuentes consultadas www.avizora.com/publicaciones/biografías Biografía de Cadícamo por Ariel Carrillo Pacheco www.todotango.com.ar Historia del tango Los mareados de Horacio Belmaña Biografía de Enríque Cadícamo por José Gobello Letras de Enrique Cadícamo Entrevista a Cadícamo por Antonio Rodríguez Villar página 20 reseñas Un temporal en una taza de té por Nelo Curti Déjeme pasar, señora, que voy a comerme un ángel. Nicanor Parra Hace unos años, charlando con otro poeta chileno, Raúl Zurita, nos decía que “poeta y académico son términos bastante irreconciliables, porque uno significa subversión total y otro domesticación total”. Nicanor Parra lo contradice —fue profesor en muchas universidades— y a la vez le da la razón, ya que para concebir un libro de la embergadura de Poemas y antipoemas es evidente que tuvo que matar al académico: “según los doctores de la ley este libro no debiera publicarse”, afirma en uno de los poemas, y sabemos bien quiénes son esos doctores. A mitad del siglo XX en Latinoamérica era palpable la necesidad de cambiar de ropa a la poesía. Se habían redactado manifiestos, esbozado métodos, pero hasta la aparición en 1954 de este volúmen con veintipico poemas no se había pasado de las ideas a la realidad. Quizás por eso el libro fue elogiado y defenestrado con fervor; Pablo Neruda celebró su publicación, mientras un cura español, de apellido —no se me culpe de ironía— Salvatierra, opinaba que era “demasiado sucio para ser inmoral”. En todo caso, acabo con la definición de antipoesía que nos dejó Nicanor: Qué es la antipoesía: Un temporal en una taza de té? Una mancha de nieve en una roca? Un azafate lleno de excrementos humanos Como lo cree el padre Salvatierra? Un ataúd a chorro? Un ataúd a fuerza centrífuga? Un ataúd a gas de parafina? Una capilla ardiente sin difunto? Marque con una cruz La definición que considere correcta. página 21 reseñas Algunos poemas y antipoemas Rompecabezas No doy a nadie el derecho. Adoro un trozo de trapo. Traslado tumbas de lugar. Traslado tumbas de lugar. No doy a nadie el derecho. Yo soy un tipo ridículo A los rayos del sol, Azote de las fuentes de soda Yo me muero de rabia. Yo no tengo remedio, Mis propios pelos me acusan En un altar de ocasión Las máquinas no perdonan Me rio detrás de una silla, Mi cara se llena de moscas. Yo soy quien se expresa mal Expresa en vistas de qué. Yo tartamudeo, Con el pie toco una especie de feto. ¿Para qué son estos estómagos? ¿Quién hizo esta mezcolanza? Lo mejor es hacer el indio. Yo digo una cosa por otra. El peregrino Atención, señoras y señores, un momento de atención: Volved un instante la cabeza hacia este lado de la república, Olvidad por una noche vuestros asuntos personales, El placer y el dolor pueden aguardar en la puerta: Una voz se oye desde este lado de la república. ¡Atención, señoras y señores! ¡Un momento de atención! Un alma que ha estado embotellada durante años En una especie de abismo sexual e intelectual Alimentándose escasamente por la nariz Desea hacerse escuchar por ustedes. Deseo que se me informe sobre algunas materias, Necesito un poco de luz, el jardín se cubre de moscas, Me encuentro en un desastroso estado mental, Razono a mi manera; Mientras digo estas cosas veo una bicicleta apoyada en un muro, Veo un puente Y un automóvil que desaparece entre los edificios. Ustedes se peinan, es cierto, ustedes andan a pie por los jardines Debajo de la piel ustedes tienen otra piel, Ustedes poseen un séptimo sentido Que les permite entrar y salir automáticamente. Pero yo soy un niño que llama a su madre detrás de las rocas, Soy un peregrino que hace saltar las piedras a la altura de su nariz, Un árbol que pide a gritos se le cubra de hojas. página 22 reseñas Epitafio De estatura mediana, Con una voz ni delgada ni gruesa, Hijo mayor de un profesor primario Y de una modista de trastienda; Flaco de nacimiento Aunque devoto de la buena mesa; De mejillas escuálidas Y de más bien abundantes orejas; Con un rostro cuadrado En que los ojos se abren apenas Y una nariz de boxeador mulato Baja a la boca de ídolo azteca —Todo esto bañado Por una luz entre irónica y pérfida— Ni muy listo ni tonto de remate Fui lo que fui: una mezcla De vinagre y de aceite de comer ¡Un embutido de ángel y bestia! Bibliografía Cancionero sin nombre, 1937 Poemas y antipoemas, 1954 Ejercicios Retóricos, 1954 La Cueca Larga, 1958 Versos de Salón, 1962 Discursos, junto a Pablo Neruda, 1962 Canciones Rusas, 1967 Obra Gruesa, 1969 Los Profesores, 1971 Emergency Poems. Ed.bilingüe, 1973 Artefactos, 1972 (tarjetas postales) El Quebrantahuesos y News from nowhere, Manuscritos, 1975 Sermones y Prédicas del Cristo de Elqui, 1977 Nuevos Sermones y Prédicas del Cristo de Elqui, 1979 El Antilázaro, 1981. Ecopoemas de Nicanor Parra, 1982 Poema y Antipoema de Eduardo Frei, 1982 Chistes para desorientar a la policía/poesía, 1983 (tarjetas postales) Coplas de Navidad, 1983 Poesía Política, (antología con inéditos) Hojas de Parra, 1985 Poemas para combatir la calvicie, 1993 Trabajos Prácticos, 1996 Discursos de Sobr emesa, 1997(edición retirada de circulación) Chistes para desorientar a la policía/poesía, 1998 (no es el libro anterior del mismo título, antología con inéditos) Talca, Chillán y Londres, 1999 Páginas en Blanco, 2002 página 23 reseñas Sobre los cuentos de Pío Baroja, por Nelo Curti Tal vez la parte menos conocida de la obra de Pío Baroja (San Sebastián 1872-Madrid 1956) sean sus cuentos. Suele darse que uno o dos títulos ensombrezcan el resto del trabajo de un escritor, y Baroja —aunque lo consiguó en otros aspectos de su vida— no pudo en este caso ser la excepción. Da la impresión de que a través de los relatos probaba sus armas, ensayaba personajes, atmósferas donde transcurrirían luego sus novelas; de ahí tal vez que en muchas ocasiones no pase del terreno de la anécdota, o que incluso la “historia” carezca de importancia tras la búsqueda de formas, maneras de decir. Voy a aventurar una comparación: los cuentos de Baroja con los que Joyce reunió en Dublineses. Seguramente me equivoque —no me importa— pero creo que detrás de estas obras hay un mismo impulso experimental, una necesidad que me recuerda a la del niño que escapa por una ventana en medio de la noche y se enfrenta a la dimensión de lo desconocido. En fin, sería de mal gusto seguir fabulando hipótesis, de modo que los dejo con dos cuentos que seguramente no hagan otra cosa que contradecirme. El farol Apoyado en una farola de la Puerta del Sol, mira entretenido pasar la gente. Es una hombre ni alto ni bajo, ni delgado ni grueso, ni rubio ni moreno; puede tener treinta años y puede tener cincuenta; no está bien vestido, pero tampoco es un desharrapado. ¿Qué hace? ¿Mira algo? ¿Espera algo? No, no espera nada. De cuando en cuando sonríe; pero su sonrisa no es sarcástica, ni su mirada es oblicua. No es un tipo de Montepín. No tiene los ojos impasibles, la boca impasible y la nariz también impasible, que se necesita para ser un satánico. ¿Es algún empleado? No. ¿Tiene rentas? Tampoco. ¿Alguna industria? ¡Pchs! Casi, casi es una industria vivir sin trabajar. Vamos, es un vago. Sí, es un vago. Ya veo a los catones de las tiendas de ultramarinos indignarse contra ellos, usando la prosa estúpida de un confeccionador de artículos de periódicos de gran circulación. El vago, para todos esos moralistas, es casi un criminal. El mío, ése de quien hablo, seguramente no lo es; tiene la mirada profunda, la boca burlona, el ademán indolente. Mira como un hombre que no espera nada de nadie. Es una espectador de la vida; no es una actor. Es un intelectual. Un vendedor de periódicos se acerca al farol en donde se apoya el vago, y se recuesta en él. Un farol puede sostener dos espaldas. página 24 reseñas Un vago apoyado en un farol es un motivo de reflexión. El farol, la ciencia; la rigidez, la luz; el vago, la duda, la indecisión, la sombra. ¡Glorificad los faroles! ¡No despreciéis a los vagos! Alguno dirá: “¡Bah! Ser vago, cosa facilísima.” Error, error profundo; ser vago es casi ser filósofo, es algo más que ser un cualquiera. ¿Qué hay vagos a patadas? ¡Qué ha de haber! Tenéis en la clase alta gomosos, clubman, sportman, más o menos elegantes, más o menos smart, y hasta snob, si queréis. Todos estos son átomos brillantes de la atmósfera de imbecilidad que recubre este ridículo planeta que habitamos; pero no son vagos. No hay más que mirarlos; andan deprisa, dan zancadas, como si en la vida hubiera algo que valiese la pena de correr, y van siempre pensando en algún caballo, alguna mujer, en algún perro, en algún amigo, o en otra cosa sin importancia de la misma clase. En las otras capas o costras sociales hay empleados, estudiantes, mendigos, maletas y demás morralla; pero tampoco son vagos perfectos, porque no dejan correr la vida: la emplean en tonterías, cosas mezquinas; no se dejan arrastrar por el farniente, como el vago tipo, al cual no se le puede achacar más que esa pequeña debilidad de perder la afición al trabajo en la flor de la juventud. El vago será una bagatela, pero no es una escoria. Una bagatela puede ser trascendental, y una cosa trascendental puede ser baladí. Inventar un juguete demuestra tanto ingenio como inventar una máquina. Tan constructor me creo yo, que he hecho, en colaboración con un amigo, un tranvía eléctrico de cartón, que se mueve a veces, como si hubiera hecho uno de veras. Idear una catedral será una gran cosa; pero idear una rana de papel tampoco es despreciable. El vago del farol y yo nos conocemos y nos hablamos. Me protege. Es un hombre que no saluda a nadie. Debe tener pocos amigos; quizá no tenga ninguno. Señal de inteligencia. El mayor número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez. Creo que es una frase. ¿A inteligente? No le gana nadie. Se le habla de política…, sonríe; se le habla de literatura…, sonríe; se le habla de cualquier cosa…, sonríe. El otro día dijo uno de él que debía ser un imbécil. Pero es lo que pasa en esta sociedades sin freno; se empieza a hablar mal de las personas serias, y se llega a hablar mal hasta de los vagos. Errantes Les sorprendió la noche e hicieron alto en el fondo de un desfiladero constituido por dos montes corados a pico, cuyas cabezas se aproximaban allá arriba como para besarse, dejando sólo a la vista una faja de cielo alargado y llena de estrellas. A los pies de aquellas dos altísimas paredes de piedra serpenteaba la carretera, siguiendo las vueltas caprichosas del rió que, ensanchado por el dique de una presa cercana, era allí caudaloso, profundo y sin corriente. En la noche oscura, la superficie negra y lisa del rió, limitada en las orillas por altos árboles, parecía la boca de una inmensa sima subterránea, la entrada de un abismo enorme y sin fondo, y allá, en el interior negro, muy negro, se reflejaban los altos chopos de las orillas y la claridad del cielo que dejaban pasar los montes. Embutida en una grieta angosta de la montaña, cerca de un terraplén, por donde continuamente rodaban piedras, había una borda, y la familia se detuvo en ella. Era una de esas casucas que en las provincias del Norte se ven en las carreteras para descanso de los caminantes. Allí solían albergarse gitanos, caldereros, mendigos, buhoneros y toda esa gente sin trabajo que recorre los caminos. La familia la constituían una mujer, un hombre y un muchacho. La mujer, que iba montada en un viejo caballo, bajó de él, entró en la borda y se sentó en un banco de piedra a dar de mamar a un niño que llevaba en los brazos. El hombre y el muchacho quitaron la carga al rocín, lo ataron a un árbol, cogieron algunas brazadas de leña, las llevaron a la caseta, y allí, en el suelo, encendieron lumbre. La noche estaba fría; en aquel desfiladero, formado por los dos montes cortados a pico, soplaba el viento con fuerza, llevando finísimos copos de nieve y gotas de lluvia. Mientras la mujer daba de mamar al niño, el hombre, solícitamente, le quitó el mantón, empapado en agua, de los hombros, y lo puso a secar al fuego; des- página 25 reseñas pués afiló dos estacas, las clavó en la tierra y colgó sobre ellas el mantón, que así impedía el paso a las corrientes de aire. El fuego se había acrecentado; las llamas iluminaban el interior de la borda, en cuyas paredes blanqueadas se veían toscos dibujos y letreros, trazados y escritos con carbón por otros vagabundos. El hombre era pequeño, flaco, sin bigote ni barba; toda su vida parecía reconcentrada en sus ojos, chiquitos, negros y vivarachos. La mujer hubiera parecido bella sin el aire de cansancio que tenía. Miraba resignada a su hombre, a aquel hombre, mitad saltimbanqui, mitad charlatán, a quien amaba sin comprenderle. El muchacho tenía las facciones y la vivacidad de su padre; ambos hablaban rápidamente, en una jerga extraña, y leían y celebraban los letreros escritos en las paredes. Se pusieron a comer los tres sardinas y pan. Luego, el hombre sacó una capa raída de un envoltorio, y arropó con ella a su mujer. El padre y el hijo se tendieron en el suelo; al poco rato los dos dormían. El niño comenzó a llorar; la madre se puso a mecerlo en sus brazos con voz quejumbrosa. Minutos después, en el nido improvisado, dormían todos, tan tranquilos, tan felices en su vida nómada y libre. Afuera, el viento murmuraba, gemía y silbaba con rabia en el barranco. El río se contaba a sí mismo sus quejas con tristes murmullos, y la presa del molino, con sus aguas espumosas, ejecutaba extrañas y majestuosas sinfonías… Al día siguiente por la mañana, la mujer con el niño, montada a caballo; él padre y el muchacho comenzaron nuevamente su marcha y se fueron alejando, alejando, los errantes, hasta que se perdieron de vista en la revuelta de la carretera. Bibliografía Su primera novela fue Vidas sombrías (1900), a la que siguió el mismo año La casa de Aizgorri. Esta novela forma parte de la primera de las trilogías de Baroja, Tierra vasca, que también incluye El mayorazgo de Labraz (1903), una de sus novelas más admiradas, y Zalacaín el aventurero (1909). Con Aventuras y mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901), inició la trilogía La vida fantástica, expresión de su individualismo anarquista y su filosofía pesimista, integrada además por Camino de perfección (1902) y Paradox Rey (1906). La obra por la que se hizo más conocido fuera de España es la trilogía La lucha por la vida, una conmovedora descripción de los bajos fondos de Madrid, que forman La busca (1904), La mala hierba (1904) y Aurora roja (1905). Realizó viajes por España, Italia, Francia, Inglaterra, los Países Bajos y Suiza, y en 1911 publicó El árbol de la ciencia, posiblemente su novela más perfecta. Entre 1913 y 1935 aparecieron los 22 volúmenes de una novela histórica, Memorias de un hombre de acción, basada en el conspirador Eugenio de Avinareta, uno de los antepasados del autor que vivió en el País Vasco en la época de las Guerras carlistas. Ingresó en la Real Academia Española en 1935, y pasó la Guerra Civil española en Francia, de donde regresó en 1940. A su regreso se instaló en Madrid, donde llevó una vida alejada de cualquier actividad pública, hasta su muerte. Entre 1944 y 1948 aparecieron sus Memorias, subtituladas Desde la última vuelta del camino. Baroja publicó en total más de cien libros. página 26 reseñas El espíritu de la colmena dir. : Victor Erice por David Barber En la niñez encontramos todo el misterio, lo intrínseco, lo inefable, es la etapa donde los ojos ven con ese pensamiento mágico, y esa inocencia, que no es tal, siempre con una invención sorprendente en el bolsillo. Proyectaban en aquellos domingos de rosarios y cines, de aquella España de remiendos de alfiler, mandil y costura, El doctor Frankenstein a una peseta la entrada. De aquí arrancan dos preguntas que atormentaran a la pequeña protagonista: ¿por qué mata Frankenstein a la niña?; y ¿por qué le matan luego a él?. No iban con inocencia gratuita las preguntas, luego verá ella quién representa en la vida real al monstruo y quién la víctima. Si hubiese que buscar un tema, en este caso sería el silencio. No sólo la ausencia de cualquier tipo de sonoridad, incluido el sigiloso paso de un felino, sino un silencio palpable, con imágenes caleidoscópicas que anuncian un mensaje no verbal, aunque sí sublime. En la película la importancia está en las imágenes, el mensaje está emborronadamente inscrito en ellas; hay varios personajes de la órbita principal que no emiten palabra alguna, pero transmiten narración al metraje. De esa ambigüedad se nutre El espíritu de la colmena. De la relación entre realidad y ficción, ficción y realidad. Discurre la característica de que los personajes tienen mismo nombre en su vida más privada y en la ficción de la colmena. Dicen por ahí que es porque la niña Torrent no entendía que tuvieran que cambiarse los nombres para la ficción, ya que la propia realidad participa bastante de la ficción. Los personajes interactúan con el paisaje. Los personajes son sutilmente paisaje. El Misterio viene fijado en la amplitud de los ojos negros y desbordantes de la pequeña Ana Torrent, sus inquietudes, las respuestas imaginativas que le busca, incluida la fuga en busca del monstruo en y de la oscuridad. La Colmena es un símbolo escapista donde Victor Erice proyecta su finitud, su desasosiego material, su ansía espiritual, que no consigue transformarlo en prosa, a pesar de su insomnio vegetal.” Dejaron ya de ser las cinco de la tarde. Las llamas de las velas desafiaban al estático recuerdo de una gravedad tan alabada como denostada por el peso del humo. Estaba seguro; ya podía salir a la calle; me dirijo con paso firme y decidido a casa. Llego. Me pongo a escribir este artículo. A las cinco de la tarde. Eran las cinco en punto de la tarde. Un niño trajo la blanca sábana a las cinco de la tarde F.G.Lorca A esa hora vertiginosa y maldita, la tarde se resquebrajaba turnándose una insidiosa ventisca alternada con las espuelas relucientes de un tímido sol que no acaba de entreverar por la ventana enrejada de esta tetería, hasta ahora para mí desconocida. Ya digo, son las cinco de la tarde; de una tarde cualquiera de su correspondiente mes. Me encuentro, si damos como válido este verbo para definir tal estado, en un lugar donde editan una revista literaria, Cuadernos del Tábano; me decido a leerla, qué si no... Abro al azar el ejemplar y me encuentro entre miles de palabras con significados muy diversos, una reseña cinematográfica que decía así: “Porque cumple 24 años la película; por lo que toca a la tierra de los molinos; por el poco reconocimiento que ha tenido; por su poca relevancia en las conversaciones sobre cine en España; por un ajuste de cuentas con las carteleras; porque, en definitiva, hay que seguir hablando de una de las pocas costumbres que valen la pena: eso que, con el paso del tiempo, ha venido a denominarse buen cine. Aquello sucedió en un refugiado pueblo de un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no tenemos conocimiento, ni aun habiéndola tenido, tuviera tal importancia. Alejado o no de la ciudad, eso es indiferente. Campo, prado, caserón y pueblo. La película nos muestra la delación del tiempo, del silencio, el misterio en la niñez y la cerviz doblegada de dos adultos lúcidos que juegan siempre en el terreno de lo perdido. página 27 El Sótano: Entrevista a Witold Gombrowicz página 29 sótano Consulté mi reloj. Las siete menos veinte. La oficina militar cerraba a las siete. Tomé un taxi, entré corriendo en el edificio, subí los escalones de cuatro en cuatro hasta el cuarto piso. ¡Demasiado tarde! La puerta estaba cerrada. Eran las siete y tres minutos. A pesar de todo llamé. Salió el ordenanza. “La oficina está cerrada. Deje de armar tanto escándalo.” La puerta volvió a cerrarse. ¡Adiós América! Empecé a bajar melancólicamente la escalera; de pronto oí un gran barullo procedente de abajo. Era un equipo de fútbol que tenía que jugar un partido en Dinamarca. También ellos habían llegado tarde. Nuevos golpes en la puerta. Esta vez el ordenanza nos dejó entrar, y por gracia especial nos estamparon el sello necesario. Como ve, mis veintitrés años en Argentina se decidieron en cuestión de minutos. D.R.: ¿Y cree usted que no fue una casualidad? W.G.: Toda esta historia de las dificultades para salir fue como si una mano enorme me hubiera agarrado del cuello, sacado de Polonia y depositado en esa tierra perdida en medio del Océano, y sin embargo europea…, precisamente un mes antes de que estallara la guerra. D.R.: ¿Y por qué esa mano no lo depositó en Europa occidental? W.G.: Porque un día u otro habría terminado en París. Si no hubiera abandonado Europa, es casi seguro que hubiera vivido en París después de la guerra y eso, evidentemente, la Mano no lo deseaba. D.R.: ¿Por qué? W.G.: Porque a la larga París me habría convertido en un parisino, y yo tenía que ser antiparisino. Ahora bien, en aquella época no estaba suficientemente inmunizado. Mi destino quería mantenerme, durante muchos años todavía, en la periferia de Europa, lejos de sus capitales, y lejos de sus mecanismos literarios, escribiendo “para los cajones”, como se dice hoy en Polonia. Examine usted el mapa. Sería difícil encontrar un lugar mejor que Buenos Aires. Argentina es un país europeo; allí se siente la presencia de Europa, y al mismo tiempo se es exterior a ella. Además, en aquel territorio de vacas no se aprecia la literatura. Y también tenía necesidad de eso. Un distanciamiento con respecto a Europa y con respecto a la literatura. La magia. La forma de vida como si dijéramos preconcebida. Cuanto más alejados estamos de la Forma, más nos hallamos en su poder. Contradicciones misteriosas, contrastes… D.R.: ¿Cómo organizó su vida en la Argentina? W.G.: Arribamos a Buenos Aires el 22 de agosto (el 2 es mi número) de 1939 (cuyas cifras suman también 22), tras una travesía de 3 semanas. La situación inter- Entrevista a Witold Gombrowicz, realizada por Dominique de Roux en 1965 Witold Gombrowicz: Después de Ferdydurke se produce un corte de diez años en mi trabajo. Hasta 1947, cuando aparece El matrimonio. Dominique de Roux: Esos diez años representan dos años de pre-guerra en Polonia más una parte de su estancia en Argentina. W.G.: Sí, un mes antes de la guerra me marché a Argentina, donde permanecería durante veintitrés años. D.R.: ¿Y cómo fue que se trasladó a Argentina? W.G.: Por pura casualidad. ¿Casualidad? Un día, en el Zodiac, un café de Varsovia, me econtré con un amigo escritor, Czeslaw Straszewicz, y me dijo: “me voy a sudamérica”. “¿Cómo es eso?” “Dentro de un mes, el nuevo transatlántico polaco Chrosbrsy leva anclas para Buenos Aires; será su primera travesía. He sido invitado como escritor para publicar algunos artículos en los periódicos.” “Oiga, ¿y no podrían invitarme a mi también?” “Podemos probar. Les propondré su candidatura. ¿Quién sabe? Quizá resulte. Siendo dos el viaje sería más agradable.” Resultó. A veces leo en la prensa que fui a Argentina para huir de la guerra. ¡En absoluto! Me preparé para ese viaje con tanta despreocupación que sólo a la casualidad (¿a la casualidad?) debo el no haberme quedado en Polonia. La víspera de mi partida, con todo listo y todos mis papeles en regla, me pasé por el café. Allí, alguien me dijo: “supongo que tendrá usted un permiso de las autoridades militares…” “Tengo el pasaporte, y he presentado todos los certificados militares posible, de otro modo no lo tendría.” “¡No es suficiente! Necesita además un permiso especial de la autoridad militar; se trata de una simple formalidad, pero sin ese papel no podrá subir al barco.” página 30 sótano nacional parecía volverse menos tensa. No obstante, al día siguiente de nuestra llegada, los telegramas de Moscú y de Berlín que anunciaban el pacto de no agresión entre Alemania y Rusia cayeron sobre el mundo como un rayo. ¡Era la guerra! Una semana después, las primeras bombas alemanas se abatían sobre Varsovia. Yo seguía viviendo en el barco con mi amigo. Al enterarse de la declaración de guerra, el capitán decidió regresar a Inglaterra (ya no cabía pensar en llegar hasta Polonia). Straszewicz y yo celebramos un consejo de guerra. El optó por Inglaterra. Yo me quedé en Argentina. Trabajé en el Banco Polaco durante siete años. Eso me resultó mucho más aburrido. Sin embargo, el regusto amargo, trágico y poético, de los primeros siete años no habría de borrarse facilmente. D.R.: ¿Cuál fue su experiencia de la guerra? W.G.: Enseguida hablaremos de eso. Déjeme decirle antes algunas palabras más sobre mis comienzos en Argentina. Es algo que no puede contarse… y que, sin embargo, no se puede omitir… Como acabo de decirle, vivía en hoteles más modestos, e incluso en los denominados “conventillos”, esos cuchitriles de las grandes ciudades, atestados de seres miserables. ¡Con cuánta pasión me sumí en la “inferioridad”, yo, el señor Gombrowicz! Bruscamente, de un brochazo, volvía a ser joven, tanto moral como físicamente. Por la calle me decían “joven”, como si no hubiera cumplido los veinticinco años. Nunca he sido tan poeta como en aquella época, por las calles rebosantes de gente, completamente perdido (perdido entre la multitud, y perdido también en lo que a mi suerte se refería). Enjambre, hormiguero, multitudes, luces, estrépito ensordecedor, olores, y mi pobreza era un goce, mi caída un echar a volar. Me dejé arrastras sin vacilaciones, sin problemas, en aquel caos de lenguas diversas; me convertí en uno de ellos. Y los compañeros ocasionales, con los que entablaba una amistad superficial y sin compromiso con asombrosa facilidad (esa naturalidad la descubrí en mí, un ser tan artificial, como el tesoro más preciado, como una gracia, un reposo, una liberación), me ayudaban en la medida de sus posibilidades. Un día en que me paseaba con uno de ellos por la calle Corrientes devorando los escaparates, dije que tenía hambre. (¡Qué honor!) “Tranquilo —repuso él—, no te preocupes. Tengo un cadáver, y habrá de sobra para los dos.” Tomamos un tranvía y fuímos a los suburvios, a una casa en un barrio obrero donde, en efecto, yacía en su ataúd un difunto de ya no recuerdo qué nacionalidad, completamente cubierto de flores, y al que familia, amigos y conocidos estaban dando su último adiós en un silencio macabro. Tras rezar nuestras oraciones, pasamos a la habitación contigua, donde se había dispuesto un bufet para los asistentes: ¡sándwiches y vino! Comimos, y me explicó que con frecuencia buscaba cadáveres por aquellos barrios y que lo mejor era conseguir las direcciones por medio del sacristán. Aquel ágape “cadavérico”, aquella consumición joven y elegante de un cadáver persiste en mi memoria como el símbolo de esa época. Aquel consumo cadavérico con un apetito joven y voraz, al que no obstante yo, a mi edad, ya no tenía derecho… Toda mi “naturalidad” no era a fin de cuentas sino artificio y juego…; eso sí, el juego más sublime y espléndido que podía llevarme conmigo mismo. Gracias a ese gusto paradójico por la degradación que descubrí en mí, logré atravesar victoriosamente la guerra y la miseria. Y hoy no experimen- D.R.: En su novela Transatlántico, todavía inédita en francés, narra usted esos momentos y se describe como un desertor. W.G.: No se trataba en absoluto de una deserción; de todos modos, Polonia estaba ya separada del resto del mundo. En cuanto abandoné el barco, acudí a la legación polaca en Buenos Aires; luego, cuando se empezó a constituir un ejército polaco en Inglaterra, me presenté ante la comisión de reclutamiento de la legación con el traje de Adán… en una palabra, en el plano formal, yo estaba absolutamente en regla. Si en Transatlántico me pinté como un desertor es porque moralmente era un desertor. No hay nada que decir, me hallaba trastornado, anodadado, pero me sentía asimismo feliz de encontrarme milagrosamente al abrigo allende el océano. En mi Diario hablo un poco de los comienzos de esta existencia argentina. Doscientos dólares —toda mi fortuna— me bastaron durante cerca de seis meses. Argentina era por entonces un país extraordinariamente barato. Me hospedaba en pequeños hoteles económicos, algunos polacos me ayudaban, empecé a escribir un poco para los periódicos, principalmente folletines, con seudónimos, y durante un tiempo gocé de una modesta subvención de nuestra legación. Todo esto junto no bastaba, no sabía cómo iba a vivir al mes siguiente, y a veces me veía obligado a pedir prestados algunos pesos para poder comer. Esta situación se prolongó, en función de las circustancias, hasta 1947. página 31 sótano to remordimiento alguno por haber utilizado el desastre, mi desgracia, o la de los míos, o la de medio mundo, como un puente hacia una especie de goce amargo, maldito; no, pese a todo tenía derecho a ello… sin embargo, la prudencia burguesa no me abandonaba, y jamás me dejé arrastar a empresas más arriesgadas. En varias ocasiones, la cana (la policía), me metió entre rejas, pero por breve tiempo, y más bien por historias de mis amigos que por mis delitos personales. He aquí otro recuerdo que también permanece en mí como un símbolo: en marzo del 42, el propietario del hotel en que me hospedaba empezó a reclamarme con excesiva energía los seis meses que le debía; había que largarse. Una noche abandoné el hotel, y mi vecino, Don Alfredo, magnánimo me pasó las maletas por la ventana. Me fui con ellas a un café, y me senté en una mesa, sin saber qué hacer. Toda posibilidad de conseguir crédito quedaba descartada. De pronto oí una voz: “¿Usted aquí?” Era un polaco, un periodista llamado Taworski, que residía en Argentina desde hacía cierto tiempo. Le expliqué lo que ocurría, y él me dijo: “Mire, ahora tengo unos socios capitalistas, y hemos alquilado un chalet en los alrededores de Buenos Aires, en Morón, para montar un pequeño taller de tejidos. Puede usted vivir allí.” El chalet no estaba mal, cinco habitaciones dando a un jardín, eso sí, completamente vacías. Taworski dormía en una cama, y yo sobre un montón de periódicos. En cuanto llegué me advirtió en tono misterioso: “Si penetra alguien en la casa, aunque sea por la ventana, o de noche, sobre todo no se mueva, no dé ninguna señal de vida.” Durante varias noches dormí tranquilo sobre mi montón de periódicos. Por fin, una noche, hacia las tres de la madrugada, me despertó un ruido y vi a dos tipos corpulentos que desenroscaban las bombillas y quitaban los plomos. No hice el menor movimiento. Desaparecieron. Eran unos ex socios de Taworski que, al no poder vengarse de él ni echarle de allí, venían a hacerle todas las jugarretas imaginables. Taworski, por su parte, condenado a prisión con la sentencia en suspenso por una pequeña imprudencia, no se atrevía a protestar, y ellos lo sabían. Y aquellas visitas nocturnas, crueles y alcohólicas (pues casi siempre estaban borrachos), así como nuestra impotencia para defendernos, tomaron para mí, una vez más, el aspecto de un símbolo tan patético como misterioso. Pasé seis meses en aquel chalet que iban desvalijando poco a poco. Taworski, que era la bondad personificada, cuidaba de mí como un padre; nos alimentábamos casi exclusivamente de carne ahumada y maíz, que cocinaba de una vez para toda la semana. En Morón gocé de gran popularidad, tanto en la pizzería de la plaza como en el café, donde se podía jugar al ajedrez y al billar. Me bebía mi litro de leche diario y me comía mi pan sentado en el suelo, sobre la hierba, mientras contemplaba la calle. En la pizzería, un mozo al que le caía simpático me daba un sandwich por veinte centavos, pero con una lonja de jamón cuatro veces más gruesa de lo normal, casi como un bistec. Y en eso, he aquí el suplemento literario de La Nación, un periódico muy popular, aparece en primera plana un artículo mío. Desde ese momento mi posición social en Morón quedó liquidada. La gente empezó a darme muestras de consideración. D.R.: Con todo, esa vida debía resultarle muy fácil... W.G.: Era la catástrofe lo que me sostenía. Mi propia catástrofe, así como la catástrofe de Polonia y la catástrofe de Europa. D.R.: Pero al mismo tiempo actuaba a un nivel diferente, ¿más elevado? W.G.: Sí. D.R.: ¿Cómo eran sus relaciones con los medios literarios argentinos? W.G.: Muy escasas. Al principio me esforcé por entrar en contacto con ellos, con fines prácticos, para serle franco. Pero pronto renuncié. En primer lugar porque mis libros, que no habían sido traducidos a ninguna lengua, eran absolutamente inaccesibles para ellos. Después, porque durante años mi español era detestable. Y por último porque no les parecía lo bastante convencional. Si hubiera podido enzarsarme en conversaciones sobre “los nuevos valores literarios” en Polonia o Francia, o sobre “la influencia de Mallarmé en Valéry” quizá habría tenido más suerte. D.R.: ¿Y Victoria Ocampo? W.G.: No quisiera repetir lo que ya he dejado escrito en mi Diario. Si logré alcanzar cierto renombre en Argentina no fue tanto por mi calidad de autor como por ser el único escritor extranjero que no había acudido en peregrinación al salón de la señora Ocampo. Tenía la certeza de que tanto mis opiniones y mi manera de ser, como mis obras, le resultarían demasiado chocantes. En lo que respecta a mis obras, la aparición de Ferdydurke en Argentina corroboró mi opinión, puesto que la revista Sur, que ella dirigía fue la única publicación que no le hizo el menor caso. D.R.: ¿Y Borges? W.G.: Borges y yo somos polos opuestos. El se halla enraizado en la literatura, yo en la vida. A decir verdad, yo soy antiliterario. Por ese motivo un acercamiento entre Borges y yo hubiera podido resultar fructífero, pero se interpusieron algunas dificultades técnicas. Nos encontramos una o dos veces, y eso fue todo. Borges tenía ya su pequeña camarilla, un tanto obsequiosa; él hablaba y ellos escuchaban. Lo que decía no me parecía de la mejor calidad; era demasiado limitado, demasiado literario, paradojas, frases ingeniosas, sutilezas, en una palabra, el género que más detesto. Su inteligencia no me deslumbró; sólo más tarde, cuando leí sus obras propiamente artísticas(sus cuentos), no pude por menos de reconocer que página 32 sótano poseía una rara perspicacia del alma y de espíritu. Pero el Borges “hablado”, ese Borges de conversaciones, de conferencias, de entrevistas, y también el de los ensayos y las críticas, siempre me ha parecido pobre, y más bien superficial. En Argentina me citaban a menudo como excelentes las frases ingeniosas de Borges. Pues también, siempre, sufría una decepción. Aquello sólo era literatura, y ni siquiera de la mejor. D.R.: ¿Cómo se explica usted esa palpable diferencia entre el arte de Borges y y el Borges “hablado”? W.G.: Tengo mi propia teoría sobre esta cuestión; a mi entender, no se presta suficiente atención al hecho de que Borges está casi ciego. Su ceguera es lo que le ha permitido esa intensa concentración interior que ha originado obras artísticas de gran valor. Pero también le ha condenado a vivir en un círculo determinado, demasiado estrecho, formado por literatos, ninguno de los cuales tenía la talla suficiente para contradecirle; se le prodigaba una admiración un tanto afectada, y se le seguía cada vez más allá en los finos arabescos de su pensamiento y en su pseudo-erudición (toda erudición es y no puede ser otra cosa que pseudo; Borges erudito es de una ignorancia aterradora, y además de una inteligencia discutible, pues la erudición es por excelencia ininteligente). Por consiguiente, en su ceguera, Borges se ha vuelto cada vez más profundo, y en su trato con el mundo exterior, cada vez más superficial. Una evolución semejante merece respeto, ya que un hombre ciego no está en condiciones de llevar una vida normal. No obstante creo que sus admiradores cometen un error al no distinguir entre los dos Borges, y al prodigar las mismas alabanzas a su inteligencia y a su ininteligencia. Ininteligencia que se manifiesta tanto en el picoteo obsesivo de migajas literarias sin valor como en una revelación de este tipo: “¿Qué opina usted del duelo? Estoy absolutamente en contra; cuando se produce una discrepancia entre dos personas, a mi entender esa discrepancia no tiene nada que ver con espadas y con la muerte de una de ellas”. D.R.: En este punto se le podría hacer a usted una objeción. Si el hecho de que Borges sea, en cierto sentido, limitado o intelectualmente extravagante hubiera que atribuírlo a su ceguera, entonces, en la época en que su vista era aun bastante normal, no habría poseído tales características. Y sin embargo en los comienzos de su creación Borges era menos original y más prisionero todavía de los esteticismos, tanto en lo que escribía como en lo que decía. W.G.: Tiene usted razón. Tal vez habría que decir que la ceguera no le ha permitido vender tanto en el plano “fino-conversador” como en el plano de la vida, lo que gracias a ello ha superado en su arte. No sé... D.R.: Sin embargo, a veces se muestra usted muy severo con su arte. En un capítulo de su Diario publicado en Les lettres Nouvelles, le calificaba usted de “caldo insípido para los literatos”. W.G.: Me expliqué torpemente, lo cierto es que le aprecio mucho en cuanto artista. Pero ¡qué facilidad tiene para atraer a eruditos, estetas, “cinceladores”, bibliófilos, profesores, glosadores, y otros sibaritas, y especialmente en letras! En ellos pensaba al hablar de “caldo insípido”, no en él. En Argentina tuve ocasión de conocer a algunos de sus admiradores pertenecientes a su círculo íntimo. No me deslumbraron ni por su excesiva inteligencia ni por desbordante energía espiritual. No es sorprendente que no entendieran ni una sóla palabra de Ferdydurke, recién traducido, por entonces, al español. Pero aun en el caso de que los acólitos de Borges hubieran sido capaces de transmitirle una vaga idea de mi libro (a él, que no puede leer solo) no habría servido de nada. Este hombre, muy sincero y profundamente humano en la soledad, en la vida cotidiana tiene miedo de los hombres; su timidez, su finura aristocrática, le obligan a huír de la sinceridad. Su pretendida modestia no es sino una coraza para su sensibilidad aristocrática. El modesto Sir Jorge Borges, Knight of the British Empire, Comandeur des Lettres et des Arts, Caballero de la Orden del Sol y de la Orden de Madonnina, etc, experimentaría, en mi opinión, grandes dificultades para entenderse con cierto Gombrowicz a secas. D.R.: ¿Y qué relaciones mantuvo usted con los demás escritores argentinos? W.G.: Casi nulas. Salvo que habría podido hablar de relaciones tras la aparición de Ferdydurke, cuando yo ya tenía a mis espaldas siete años de vida en Argentina. Pero para entonces me había instalado en el anonimato, y me traía sin cuidado el mundo literario, era libre caprichoso y provocador. Me había habituado al hecho de que nadie me tomaba en serio y que tampoco yo lo hacía. Por lo demás, una obra de Ferdydurke debía verse confirmada por París para que les fuera posible página 33 sótano reconocerme. Lanzamos ese poderoso panfleto, yo y un grupo de jóvenes escritores que colaboraron en su traducción, en medio de una atmósfera más bien frívola. Ferdydurke despertó algunos entusiasmos, sobre todo entre jóvenes, y le dedicaron unas cuantas críticas en la prensa; pero finalmente todo quedó en agua de borrajas. Fue entonces cuando conseguí mi empleo en el banco polaco, y por lo tanto la última razón que podía tener para implicarme en la literatura argentina, es decir, la perspectiva de rasgar algún dinero aquí y allá perdía su validez. D.R.: ¿Le ayudaron en sus dificultades económicas? W.G.: Se me ha referido que, no hace mucho, un agregado de la embajada argentina en Paris, le dijo a un agregado de la embajada polaca: “Gombrowicz ha comido nuestro pan durante un cuarto de siglo y ahora habla contra nuestro país”. Yo no labro contra Argentina, a lo sumo un poco contra la burguesía argentina, que no es lo mismo. Por otra parte, mi pan argentino me llegó en realidad del extranjero; para empezar, los polacos me ayudaron un poco, después tenía el sueldo del banco polaco, y finalmente viví de mis ediciones extranjeras. Sólo en una ocasión, si no lo recuerdo mal, un argentino, un escritor millonario, prometió dejarme en un sobre trescientos pesos para llegar a Córdoba, en la montaña, a reponerme de una gripe. Dejó el sobre, pero en su interior sólo encontré ciento cincuenta pesos. D.R.: Y cuando al fin Europa le descubrió, ¿cambió la atmósfera? ¿Se podría hablar de una... digamos... ligera consternación? W.G.: En absoluto. Primero se creyó que se trataba de un falso rumor. Un año antes de mi partida de Argentina -es decir unos cinco años después de la edición parisina de Ferdydurke-, cuando ya se me traducía en la mayoría de las lenguas europeas, me encontré por casualidad en la calle con el poeta Jorge Calvetti, que colaboraba en el primer periódico del país, La Prensa. Le expliqué mis éxitos y Calvetti amañó una entrevista conmigo a dos columnas. Pero por entonces otro colaborador del periódico, Manuel Peyrou, amigo de Borges, se encontró con Calvetti en la redacción y le reprochó violentamente que se hubiera dejado embaucar por mis mentiras. Se armó un buen lío. Calvetti fue a quejarse al jefe de redacción. Afortunadamente, un conocido crítico de París, el ruso Wladimir Weidél, cuyos libros tenían éxito en Argentina, se encontraba de paso en Buenos Aires. El jefe de redacción le sugirió a Calvetti que fuera a verle para comprobar sus informaciones, Weidél dió el veredicto al confirmarle que efectivamente yo era un escritor conocido y apreciado en Europa, lo cual fue proclamado en la prensa. Según parece la agarrada entre Calvetti y Peyrou fue tan tormentosa que hubo que secuestrar a uno de los dos en un ascensor e inmovilizarlo a fin de evitar que llegaran a las manos. Se non e vero... D.R.: Pero ¿qué podría importarles que un extranjero que, es cierto, residía desde hacía tiempo entre ellos, pero al que no veían jamás, al que nunca se encontraban en sus tés, en sus galas, en sus recepciones, que ese extranjero adquiriera cierta notoriedad? W.G.: De mí, individuo siempre privado, ninguna nación puede sacar provecho, yo soy un outsider. En el encuentro internacional yo no formaba parte de su equipo literario. Me interesa añadir que sí, que pese a todo encontré amigos benévolos y serviciales. Virgilio Pinera, un escritor cubano hoy eminente, y Humberto Rodríguez Tomeu, otro cubano, hicieron mucho por mí, y es sobre todo a ellos a quienes debo la traducción española de Ferdydurke. Cecilia Debenedetti, Alejandro Russovitch, Jorge Calvetti, Adolfo de Obieta, Roger Pla, hé aquí algunos de los nombres inscriptos por mí, como dice Shakespeare, “en el libro que releo todos los días”. Mi amistad con Ernesto Sábato data de mucho más tarde, cuando quedé fascinado por su gran novela Sobre héroes y tumbas (que en Francia apareció con el título de Alexandre), una obra verdaderamente extraordinaria en la que el romanticismo, la tradición, la historia, una especie de anocronismo telúrico y la patología sudamericana se combinan de manera extraña con un modernismo completamente de vanguardia que expresa a la Argentina actual. Sábato es, sin duda, uno de los tres grandes de América Latina, junto con Asturias y Borges. D.R.: Ahora le sitúo a usted mejor en Argentina. W.G.: No son más que anécdotas... para dar ambiente... D.R.: ¿Y escribía usted sin interrupción? W.G.: ¡Oh, no! A lo largo de toda la guerra no escribí otra cosa que folletines para periódicos, con seudónimo, a fin de ganar algunas piastras, y unos cuantos artículos en La Nación. No era posible escribir mientras ignoraba de qué viviría al mes siguiente. De vez en cuando, durante breves períodos de remisión, esbozaba mi obra El matrimonio, pero no la terminé hasta después de la guerra. La guerra supuso para mí unas vacaciones. D.R.: Unas vacaciones, confiéselo, en las que no faltaron momentos terribles de depresión, viviendo en aquella soledad y aquella humillación más allá del océano. W.G.: En efecto, cuando, en ocasiones, me abandonaba mi humor de ahorcado... Sí, a pesar de todo, era penoso, terrible, desesperante. La guerra me destruyó familia, posición social, patria, porvenir; ya no quedaba nada, ya no era apenas nada... Y sin embargo... Y sin embargo Argentina... ¡Qué descanso! ¡Qué liberación! De mis primeros años en Argentina, los más duros, podría decir con Mickiewicz: Nacido en esclavitud, cargado de cadenas desde la cuna, jamás tuve en mi vida sino esa única, pero ¡qué prima- página 34 sótano vera! Sólo que esas palabras suyas se refieren al año 1812, cuando Napoleón, al marchar sobre Rusia, liberó, por tan breve tiempo, a Polonia. Mientras que yo relaciono esas palabras con la época en que, tras la caída de Polonia y el estallido de la Guerra Mundial, todo se hundió para mí, todo el orden que había vivido hasta entonces... ¡Relajamiento de la forma! Circunstancia excepcional. ¡Ocasión bendita, única! Compréndalo, Dominique, los que tomaron parte en la guerra se encontraron de inmediato atrapados en nuevas..., yo diría formaciones... todavía más rígidas, en el ejército, en el servicio, en la acción. Y a mí, la guerra me sumergió en un desenfrenado oleaje que no era sino estruendo, vértigo, instantes sin mañana, casi hasta el aniquilamiento. Solo. Liberado. Perdido. Yo lo sabía muy bien. Era una ocasión que el destino me ofrecía, para que pudiese al fin acercarme a aquello que constituía para mí lo más sagrado, lo que yo definía como la “inferioridad”, o como lo “bajo”, o como la “frescura”, la “sencillez” o la “inmadurez” o incluso como un “elemento oscuro y sin nombre”. Tales términos no traducen , ni siquiera de manera aproximada, la naturaleza de ese secreto, de ese objetivo que mis libros no lograban descubrir ni expresar adecuadamente. En todo caso, me encontraba a un paso del gran altar de esa iglesia inaccesible... ¡Y me arrojé al agua, como alguien que se muere de sed! No, a decir verdad, aquello no eran unas vacaciones, ni un descanso. Si la pobreza, la humillación, la guerra, el desastre, la soledad, la inseguridad, los zapatos agujereados, el frío, las chinches y mis penas y preocupaciones propias de la miseria, si todo eso quedó reducido a casi nada es porque jamás me había sentido tan cerca de la belleza, hacerla mía. Si, yo, que soy más bien lúcido, estuve poseído durante semanas enteras por esa embriaguez de poesía, ¡hasta el punto de sentirme yo mismo poesía! Espejismo... ¡no, realmente no estan unas vacaciones! Era un trabajo doloroso, agotador... Porque para acercarme a la sencillez y a lo natural, tuve que ponerme máscaras, y era una artimaña, una trapacería, algo que chirriaba, que sonaba a falso. Lo repito, no conseguí nada, no conseguí sino un acercamiento, un acercamiento que subrayaba, que ponía en evidencia mi artificio. ¡Pobre pelele! Con cerca de cuarenta años, llevaba la existencia de un joven de veinte, y esa edad la revivía frente a la catástrofe mundial, lo cual basta para demostrar hasta qué punto era temeraria mi empresa. No sé... El imperialismo de nuestro “yo” es indomable, y su poder tiene tal alcance que, a veces, me sentía inclinado a creer que el desbarajuste del mundo no tenía otro objeto que depositarme en Argentina y sumergirme de nuevo en la juventud de mi vida, que en su momento no había podido experimentar ni aprovechar. Era por eso por lo que existía la guerra, y Argentina, y Buenos Aires. página 35 www.eltabano.org Para suscribirse a “Cuadernos del Tábano” visite nuestra web, allí hay instrucciones pormenorizadas para ejecutar ese acto de heroísmo. Por sólo 12 euros podrá usted recibir en su domicilio, sin cargo alguno, los 4 números correspondientes a un año. Además, allí encontrará información de las distintas actividades del colectivo (aquellas que podemos difundir). PUNTOS DE VENTA C/Pozo, 94. Barrio San Antón. Alicante Universidad San Vicente C/Calderón de la Barca, 18. Alicante C/Ingeniero Canales, 5. Alicante C/Labradores, 14 (Centro 14) Tetería del Tábano Librería Compas Kiosco Menchu Librería del Plá Consell de la Joventut d’Alacant ? ¿Colaborar con Cuadernos del Táb ano? Consulte antes con su médico o farmacéutico. Ponen consolas gratis a los jóvenes para alejarlos del “botellón” Ocho institutos de Alicante ofrecen alternativas de ocio para evitar que los jóvenes beban en la calle. La estrella es la Wii de Nintendo, con la que podrán jugar de madrugada. La noticia apareció en la portada de uno de los muchos periódicos gratuitos que van y vienen por la ciudad. Lo cierto es que —ante semejante disparate— uno no sabe qué decir. Obviamente, si decido dejarme atrapar por un asunto de la tan manoseada “actualidad”, no va a ser para exponer una opinión prudente ni respetuosa con esas personas de peculiar benevolencia que empezaré por llamar necios. Seguramente, detrás de este proyecto que librará a las calles de botellas para llenarlas de adolescentes idiotizados, hay un cardúmen importante de psicólogos y sociólogos digeridos por una de las tantas universidades raquíticas que expenden diplomas como si fueran golosinas. Estos predicadores de un nuevo orden, devotos de la televisión y la estadística, están convencidos de poder cambiar el mundo, aunque el “mundo” que propongan no convenza a nadie. En El Gatopardo —aclaro, por si lee esto alguna víctima del proyecto puritano que nos ocupa, que me refiero a un libro de Giuseppe Tomasi di Lampedusa— se plantea la estrategia de “cambiar todo para que todo siga como está”, y parece que los impulsores de esta barrabasada, aunque dudo de que tengan la más remota familiaridad con un buen libro, aprendieron el lema. Su sueldo y su conciencia —ambos “buenos”— dependen exclusivamente de que todo siga como está, pero, para que la futilidad de su tarea no sea evidente, cada tres o cuatro meses sacan de la galera una “actividad sociocultural” que anuncian con bombo y platillo en todos los medios de comunicación que les siguen el juego. Ahora estos moralistas de tres al cuarto se disfrazan de alternativos y proponen a la juventud abando- nar la plaza y meter —tortugas posmodernas— la cabeza en una pantalla. Se trata de que los jóvenes de hasta 35 años (¿?) no beban, para lo cual la concejal Marta García Romeu asegura que no dispone de una “varita mágica”. Creo que lo que no tiene ni va a tener jamás esta señora es magia, y sería de agradecer que su tendencia innovadora la dejase actuar primero sobre su inteligencia. Me vienen a la cabeza dos recuerdos, uno personal y otro milenario: meses atrás, en el Tábano, inauguramos durante la noche de un viernes nuestra Biblioteca Popular; por supuesto, no vino nadie, y no culpamos de esto al mencionado “botellón”, sino a nuestro entusiasmo casi ingenuo. El otro recuerdo me remonta a la Grecia de las orgías báquicas, donde numerosa gente se reunía para beber vino y, entre otras cosas, escuchar relatos en boca de rapsodas eufóricos. Entonces surge la pregunta, siempre inevitable: ¿llegará el día en que se repudie la literatura clásica por inducir a malos hábitos entre la juventud? Me consuelo pensando que cierto tipo de burócratas no saben leer más que presupuestos, y lamento carecer de la suficiente ingenuidad como para inaugurar bibliotecas por las madrugadas, cuando los pocos que no se dejan convencer ni por ordenadores ni por libros tal vez estén dispuestos a participar en una orgía. Nelo Curti

1 comentarios:

Marco Herr Hernández dijo...

Hola amigos, hace unos 5 años me enviaron 4 ejemplares de la revista a México. Entre mudanzas y el dejar mis libros a cuidados de otras personas, una olvidó devolverme las revistas. Quiero suponer que lo olvidó tanto que cuando se lo recordaba, se hacía la que no oía. El caso es que ahora vivo en Alemania y querría volver a conseguir los primeros números (si es que aún los tienen en existencia), y poco a poco ir adquiriendo los demás, pues me gustó mucho el proyecto.
Saludos cordiales